sábado, 10 de marzo de 2018

8-M

8-M


Rayden - La dictadura del lenguaje                 

Marwan - Compañeras


Carlos Miguel Cortés - Inagotables

domingo, 26 de noviembre de 2017

Captain Fantastic


"Vive como si cada día fuera el último. Absórbelo todo. 
Sé aventurero. Sé audaz. Pero disfrútalo. Pasa rápido".

Algunas peleas no se ganan. El poderoso controla la vida del indefenso. Así funciona el mundo. 
Es injusto. Pero mala suerte. Debemos cerrar la boca y aceptarlo... 
¡Al diablo con eso! ¡Qué sepan que vamos para allá!



martes, 6 de diciembre de 2016

Invictus

Se que ya se ha leído muchas veces, pero no he querido dejar de incluirlo.

El poema que ayudó a Nelson Mandela a soportar los 27 años de encarcelamiento y dio título a la película de Clint Eastwood  "Invictus":


En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias
no he gemido, ni llorado.
Ante las puñaladas del azar,
si bien he sangrado, jamás me he postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
No obstante, la amenaza de los años me halla,
y me hallará, sin temor.
Ya no importa cuan recto haya sido el camino,
ni cuantos castigos lleve a la espalda:

Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.
- Invictus, de William Ernest Henley -


domingo, 27 de noviembre de 2016

Hasta la médula

En todas las cosas quiero ir
hasta la esencia.
En el trabajo, al buscar mi camino,
en el tumulto del corazón.
Hasta la esencia de los días pasados,
hasta su razón,
hasta los motivos, hasta las raíces,
hasta la médula.
Eternamente agarrándome al hilo
de los destinos, de los acontecimientos,
sentir, amar, vivir, pensar,
hacer descubrimientos.

- Boris Pasternak - 

viernes, 25 de noviembre de 2016

Llorar a un hombre bueno



Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.

Que entren la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora,
la luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.

Marcos Ana - Mi casa y mi corazón


Anoche, día 24 de Noviembre de 2016, nos dejaba el poeta Marcos Ana.
Juan Diego Botto le dedica este artículo:

sábado, 8 de octubre de 2016

Winnipeg. El barco de Neruda

“Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. 

Pero este poema, que hoy recuerdo, 

no podrá borrarlo nadie".


Así se refería Pablo Neruda a lo que él considero uno de sus mayores logros, fletar un barco desde Francia, el Winnipeg, para que 2.200 refugiados de la Guerra Civil Española pudieran irse a Chile en busca de una nueva vida. Uno de esos tantos episodios históricos que hoy han caído prácticamente en el olvido.

Tras la derrota, miles de republicanos fueron refugiarse en Francia, donde fueron retenidos en «campos de internamiento», verdaderos campos de concentración establecidos por las autoridades francesas, llegando a encerrar a cerca de 550.000 españoles que huían de la represión franquista. La mayoría se construyeron a toda prisa cerca de la frontera, en forma de barracones o de zonas vigiladas bajo la intemperie, y no disponían de agua potable ni de las mínimas condiciones higiénicas. A los prisioneros apenas se les daba comida, y nunca se les ofreció agua potable ni ropa de abrigo o para refugiarse del viento. Muchos murieron de desnutrición, enfermedades diversas, durante torturas o asesinados.
El poeta Pablo Neruda, que en ese entonces se encontraba en Chile, sensibilizado por la situación de los españoles, decide embarcarse en una empresa que comprendía trasladar a cerca de 2500 refugiados desde Francia hacia Chile. Antes de trabajar en Francia, Pablo Neruda se había desempeñado como cónsul de Chile en España. Motivado por la amistad entre ambos países, su amor por España, y gracias al auspicio del presidente chileno Pedro Aguirre Cerda (al que le agradaba la idea de traer trabajadores y hombres de esfuerzo al país, capacitados en las más diversas áreas), el poeta decide organizar este viaje. El presidente lo nombró cónsul especial de emigración española en el país galo.
A pesar que el buque era un viejo carguero francés que normalmente no llevaba más de 20 personas, fue adaptado para acomodar a los de 2200 refugiados españoles.


Me gustó desde un comienzo la palabra Winnipeg. Las palabras tienen alas o no las tienen. Las ásperas se quedan pegadas al papel, a la mesa, a la tierra. La palabra Winnipeg es alada. La vi volar por primera vez en un atracadero de vapores, cerca de Burdeos. Era un hermoso barco viejo, con esa dignidad que dan los siete mares a lo largo del tiempo. Lo cierto es que nunca llevó aquel barco más de setenta u ochenta personas a bordo. Lo demás fue cacao, copra, sacos de café y de arroz, minerales. Ahora le estaba destinado un cargamento más importante: la esperanza.

Ante mi vista, bajo mi dirección, el navío debía llenarse con dos mil hombres y mujeres. Venían de campos de concentración, de inhóspitas regiones, del desierto, del África. Venían de la angustia, de la derrota, y este barco debía llenarse con ellos para traerlos a las costas de Chile, a mi propio mundo que los acogía. Eran los combatientes españoles que cruzaron la frontera de Francia hacia un exilio que dura más de 30 años.

La guerra civil -e incivil- de España agonizaba en esta forma: con gentes semiprisioneras, acumuladas por aquí y allá, metidas en fortalezas, hacinadas durmiendo en el suelo sobre la arena. El éxodo rompió el corazón del máximo poeta don Antonio Machado. Apenas cruzó la frontera se terminó su vida. Todavía con restos de sus uniformes, soldados de la República llevaron su ataúd al cementerio de Collioure. Allí sigue enterrado aquel andaluz que cantó como nadie los campos de Castilla.

Yo no pensé, cuando viajé de Chile a Francia, en los azares, dificultades y adversidades que encontraría en mi misión. Mi país necesitaba capacidades calificadas, hombres de voluntad creadora. Necesitábamos especialistas. El mar chileno me había pedido pescadores. Las minas me pedían ingenieros. Los campos, tractoristas. Los primeros motores Diesel me habían encargado mecánicos de precisión.
Recoger a estos seres desperdigados, escogerlos en los más remotos campamentos y llevarlos hasta aquel día azul, frente al mar de Francia, donde suavemente se mecía el barco Winnipeg, fue cosa grave, fue asunto enredado, fue trabajo de devoción y desesperación.
Se organizó el SERE, organismo de ayuda solidaria. La ayuda venía, por una parte, de los últimos dineros del gobierno republicano y, por otra, de aquella que para mí sigue siendo una institución misteriosa: la de los cuáqueros.
Me declaro abominablemente ignorante en lo que a religiones se refiere. Esa lucha contra el pecado en que éstas se especializan me alejó en mi juventud de todos los credos y esta actitud superficial, de indiferencia, ha persistido toda mi vida. La verdad es que en el puerto de embarque aparecieron estos magníficos sectarios que pagaban la mitad de cada pasaje español hacia la libertad sin discriminar entre ateos o creyentes, entre pecadores o pescadores. Desde entonces cuando en alguna parte leo la palabra cuáquero le hago una reverencia mental.

Los trenes llegaban de continuo hasta el embarcadero. Las mujeres reconocían a sus maridos por las ventanillas de los vagones. Habían estado separados desde el fin de la guerra. Y allí se veían por primera vez frente al barco que los esperaba. Nunca me tocó presenciar abrazos, sollozos, besos, apretones, carcajadas de dramatismo tan delirantes.
Luego venían los mesones para la documentación, identificación, sanidad. Mis colaboradores, secretarios, cónsules, amigos, a lo largo de las mesas, eran una especie de tribunal del purgatorio. Y yo, por primera y última vez, debo haber parecido Júpiter a los emigrados. Yo decretaba el últimos[ o el último No. Pero yo soy más sí que No, de modo que siempre dije si. '
Pero, véase bien, estuve a punto de estampar una negativa. Por suerte comprendí a tiempo y me libré de aquel NO.
Sucede que se presentó ante mí un castellano, paleto de blusa negra, abuchonada en las mangas. Ese blusón era uniforme en los campesinos manchegos. Allí estaba aquel hombre maduro, de arrugas profundísimas en el rostro quemado, con su mujer y sus siete hijos.
Al examinar la tarjeta con sus datos, le pregunté sorprendido:
-Usted es trabajador del corcho?
-Sí, señor -me contestó severamente.
-Hay aquí una equivocación -le repliqué-. En Chile no hay alcornoques. Qué haría usted por allá?
-Pues, los habrá -me respondió el campesino.
-Suba al barco -le dije-. Usted es de los hombres que necesitamos.
Y él, con el mismo orgullo de su respuesta y seguido de sus siete hijos, comenzó a subir las escalas del barco Winnipeg. Mucho después quedó probada la razón de aquel español inquebrantable: hubo alcornoques y, por lo tanto, ahora hay corcho en Chile.

Estaban ya a bordo casi todos mis buenos sobrinos, peregrinos hacia tierras desconocidas, y me preparaba yo a descansar de la dura tarea, pero mis emociones parecían no terminar nunca. El gobierno de Chile, presionado y combatido, me dirigía un mensaje: «INFORMACIONES DE PRENSA SOSTIENEN USTED EFECTÚA INMIGRACIÓN MASIVA ESPAÑOLES. RUÉGOLE DESMENTIR NOTICIA O CANCELAR VIAJE EMIGRADOS.»
Qué hacer?
Una solución: Llamar a la prensa, mostrarle el barco repleto con dos mil españoles, leer el telegrama con voz solemne y acto seguido dispararme un tiro en la cabeza.
Otra solución: Partir yo mismo en el barco con mis emigrados y desembarcar en Chile por la razón o la poesía.
Antes de adoptar determinación alguna me fui al teléfono y hablé al Ministerio de Relaciones Exteriores de mi país. Era difícil hablar a larga distancia en 1939. Pero mi indignación y mi angustia se oyeron a través de océanos y cordilleras y el Ministro solidarizó conmigo. Después de una incruenta crisis de Gabinete, el Winnípeg, cargado con dos mil republicanos que cantaban y lloraban, levó anclas y enderezó rumbo a Valparaíso.
Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie.

Pablo Neruda - Para nacer he nacido

sábado, 17 de septiembre de 2016

Canto absoluto a la libertad


“Canto absoluto a la libertad”


Su herida golpead de vez en cuando;
no dejadla jamás que cicatrice.
Que arroje sangre fresca su dolor
y eterno viva en su raíz el llanto.

Si se arranca a volar, gritadle a voces

su culpa: ¡que recuerde!

Arrojadle pellas de barro oscuro al rostro.
Si en su palabra crecen las flores nuevamente,
pisad su savia roja
hasta que nazcan lívidas, como manos de muerto.

Talad, talad: que no descuelle
su corazón de música oprimida.

Porque esa es vuestra ley, tan extraña a la mía:
si un río se alza para hablar con la luna,
ponedle un dique oscuro.
Si una estrella olvidando su distancia se mece
en los agraces labios de un muchacho,
denunciadla a los astros.
Cuando un corzo se beba la libertad y el bosque,
atadlo como a un perro.

Si hay algún pez que aprendiera a vivir sin el agua,
negadle orilla y tierra.
Si el alba se deslumbra de claridad alada,
clavad las hojas verdes de la noche en sus noches.

Si hay un hombre que tiene
su corazón de viento,
llenádselo de piedras
y hundidle la rodilla sobre su pecho.

Marcos Ana "Poemas de la prisión y la vida"


Dedidme cómo es un árbol


“Decidme cómo es un árbol”


Decidme cómo es un árbol,
Decidme el canto del río
cuando se cubre de pájaros.

Habladme del mar, habladme

del olor ancho del campo,

de las estrellas, del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves,
como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso 
de una mujer. Dadme el nombre 
del amor, no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman 
de enamorados con tiemblos 
de pasión bajo la luna?

¿O sÓlo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?

Veintidós años... Ya olvido
la dimensión de las cosas
su color, su aroma...Escribo
a tientas: <<el mar>>, <<el campo>>..
Digo <<bosque>> y he perdido 
la geometría del árbol.

Hablo, por hablar, de asuntos
que los años me borraron.

(No puedo seguir, escucho 
los pasos del funcionario).

Del libro: Marcos Ana - Dedidme cómo es un árbol