¡Soy la espina dorsal que sostiene las montañas! ¡Soy las lágrimas que lloran los ríos! ¡Soy los pulmones que respiran el viento! ¡Soy el lobo que mata al gran ciervo, el gavilán que mata al ratón, la araña que mata a la mosca! ¡Soy el gran ciervo, el ratón, la mosca que son comidos! ¡Soy la serpiente del mundo que se devora la cola! ¡Soy todo lo que no está domesticado y no se puede domesticar!
Soy esta tierra salvaje.
Del libro: Patrick Ness - Un monstruo viene a verme
Marcos Ana pasó 23 años en las cárceles, de 1939 a 1962, por pertenecer a las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas). Sus poemas le valieron la amistad con Alberti, Neruda y Miguel Hernández. El régimen de Franco le acusó de tres asesinatos. Al salir, con 42 años, tenía las ideas de un hombre comprometido con la solidaridad y el comportamiento de un niño. Tuvo que volver a empezar. Esta es su historia.
Fernando Macarro se puso el nombre de su padre, Marcos, y el de su madre, Ana, para llevarlos siempre consigo. Así firma sus libros de poemas, sus memorias, y por ese nombre le conocieron el Che, Fidel Castro, Pablo Neruda, Rafael Alberti, Salvador Allende y hasta la Reina Madre Elisabeth de Bélgica, que apoyó la campaña de amnistía por los presos políticos de España en los sesenta.
Marcos reconoció el cuerpo de su padre por sus botas en 1937. Lo encontró huyendo a casa desde un cine cuando comenzaron a caer las bombas. Al principio sólo fue un cuerpo, pero con una linterna vio la cabeza de su padre destrozada por la metralla. La madre nunca se quitó la pena de haber mandado a su marido a por un recado aquella maldita tarde.
Tampoco la de no abrazar a su hijo en libertad. Ana lo vio tiempo después en la cárcel una mañana en que acababan de torturarle, todavía con la sangre fresca y con las manos esposadas a la espalda. “Descubrí a mi pobre madre arrebujada en su toquilla oscura, con su eterno pañuelo negro sobre la cabeza. Estaba esperando para entregarme un pequeño paquete de comida”, recuerda Marcos. “Al ver lo que hicieron conmigo, echó a correr y de rodillas se abrazó a las piernas de uno de los policías llorando: ‘Por favor, por favor, tengan piedad, están matando a mi hijo, me lo están matando’. Con los pies la empujaron y se la quitaron de encima y allí quedó llorando, tirada en el suelo. Esa escena, que no olvidé nunca, fue más cruel y más insufrible que todos los martirios”.
—¿Pero qué es la dignidad?
—La dignidad es ser fiel a ti mismo. Y si eres un hombre con ideas, ser fiel a esas ideas. En la gente militante era lo más importante, porque tenían que enfrentarla con la represión a diario.
—Contra el hambre, por ejemplo.
—Sí, recuerdo un día en la celda esperando la hora de la comida, ensalivando, y escuché el sonido de las gavetas. Pensaba: “coño, si tuviera suerte y me cayeran unos trozos de tocino.” Porque era sólo caldo. Y me caen no un trozo de tocino, ¡sino dos! Y fíjate, feliz, ¿no? Pero un preso, sin levantar la cabeza, me dijo: “hay huelga de hambre en el patio general”. Volqué los dos trozos de tocino a la cazuela. “Pero hombre, ¿cómo hace usted eso?”, me preguntó otro preso. “Porque somos una misma familia”, le dije.
Otros no aguantaron el hambre. Hubo quien se comió la hierba del patio de las cárceles y quien, en el extremo de la desesperación, vomitaba lo poco que había ingerido para volvérselo a comer. Así creaba la sensación comer dos veces.
Extremoduro - Te juzgarán sólo por tus errores
(Inspirado en "Las soledades del muro" de Marcos Ana)
"Vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo".
"Hay que distinguir entre las ideas y sus instrumentos, que son los hombres, porque las ideas se mantienen puras y los hombres se corrompen".